viernes, 29 de mayo de 2009

Cuento

El hobbit de las recetas

Hace mucho, mucho, mucho, pero que mucho tiempo, más o menos en la Edad de la Prehistoria, vivía en una comarca, Sam, al que los amigos llamaban Pepe. Tenía un amigo que era una galleta de jengibre. Juntos compartían grandes aventuras. Un día, mientras caminaban por el bosque, cerca de un río de chocolate, se encontraron un anillo que contenía la receta mágica de la piña colada. Pero ésta necesitaba ser hecha por una china hechicera que poseía un cabello idéntico a la lana de la ovejita de Heidi: Copito de nieve.

A Sam le gustaban mucho las recetas y todo lo que tuviera que ver con la hostelería, por lo que decidió que haría la receta, costase lo que le costase. Habló con Migas, su amigo, la galleta de jengibre, y decidieron partir en busca de la china hechicera y los ingredientes necesarios. El primer ingrediente era el jugo de la piña más joven de la palmera más vieja del desierto. Sam y Migas sabían que para llegar a la palmera más vieja del desierto tendrían que atravesar toda la Antártida y superar difíciles pruebas, pero la ambición de Sam arrastraba a Migas con él, que a pesar de no gustarle algo tan dulce como una piña colada, lo siguió. Empacaron lo necesario para su largo viaje y salieron al amanecer.

Con el destello del sol los botones de caramelo de Migas se derretían, pero a Sam no le importaba. Siguieron su camino, que apenas Migas podía resistir, ya que cuanto más calor hacía, más deshecho y derretido se sentía. La ambición de Sam se apoderaba cada vez más de sí mismo, hasta tal punto que le partió las piernas a su compañero de viaje. A Migas no le importó y, como pudo, lo siguió. Cuando consiguieron el primer ingrediente, Migas le suplicó a su amigo que le repusiera las piernas y así lo hizo.

Al atardecer fueron en busca del siguiente ingrediente: el cuenco donde Bob El Hierbas hacía sus mejunjes. Migas le dijo que terminara con su obsesión por la dichosa receta, que Bob era un tipo sin escrúpulos, pero Sam no lo escuchó. Bob estaba, como de costumbre, preparando “infusiones”, como él solía decir, aunque las malas lenguas aseguraban que no eran infusiones lo que hacía. Cuando El Hierbas miró a Sam a los ojos, sintió algo muy profundo en su interior, que ninguna “infusión” le había hecho sentir antes. Los invitó a su casa y los acomodó en el sofá del salón. Migas pudo comprobar que fue comprado en Ikea. Las paredes eran de color negro y el suelo tan blanco y encerado que parecía que pasaban fantasmas por debajo de sus pies. Sam le contó a Bob sus intenciones y Bob decidió que les daría su cuenco con la condición de que Migas le diera lo que quedaba de sus botones de caramelo. Sam le prometió que así sería, aunque sabía de sobra lo importantes que eran para Migas.

Al tercer día Sam salió en busca de la china hechicera, dejando atrás a su fiel amigo. Cuando llegó al castillo de la hechicera, Sam entró y exigió a la china que hiciera la receta. Ésta, ofendida, maldijo al pequeño hobbit encerrándolo en el anillo mágico hasta que un amigo de verdad lo sacara de allí. Sam, enseguida, pensó en Migas y se acordó de todo el mal que le había causado a su fiel amigo y compañero y se dio cuenta además de que sentía por él algo más que una bonita amistad. Cuando la noticia llegó a oídos de Bob y Migas corrieron, de inmediato, en su busca. La hechicera les dijo que sólo uno podría sacar a Sam de allí y ese sería el que podría hacer la receta.

Una rata que pasaba por allí, llamada Fachupedia, le comió las patas de jengibre a Migas, que se sumió en una profunda tristeza que lo llevó a quedarse sin amigos. Así, Bob pudo liberar a su amado. Días después, Sam y Bob se casaron y lograron hacer la receta que resultó ser un hechizo secreto que los convirtió poco a poco en mamut.

Cuando la transformación finalizó, Sam recordó a Migas y pensó que debería haber hecho caso a sus consejos. Arrepentido, fue a buscarlo a su casa, pero sin recordar su nuevo tamaño, pisó sin querer la caja de galletas, donde vivía Migas, y la aplastó, con su fiel amigo en su interior.
Con esto, Sam aprendió que la amistad de un buen amigo importa más que cualquier receta que existiera en el mundo.

MªCarmen Zurita 4ºC
MªJesús Rubio 4ºC